
El 15 de septiembre se cumplió una década de la quiebra de uno de los bancos de inversión más importantes de los Estados Unidos en su época, Lehman Brothers. Fue el inicio de la más grande recesión desde la Segunda Guerra Mundial y desde ahí el mundo desarrollado no ha vuelto a ser el mismo.
Así como la crisis argentina dinamitó las falsas expectativas de los evangelistas de los mercados libres en Latinoamérica, la crisis del 2008 hizo lo mismo con las fantasías neoliberales en el mundo desarrollado, cuando se redescubrió que las fallas del mercado también saben pasar factura.
En las series de tiempo de los economistas del primer mundo hay un punto de inflexión después de la crisis del 2008. Si se hubiera mantenido la tendencia de crecimiento que había antes de ese año, los habitantes del primer mundo fueran mucho más ricos de lo que son hoy en día. Aunque el crecimiento de los últimos años ha sido positivo, el aumento del bienestar ha sido muy lento comparado a la tendencia antes de la crisis. Esta frustración en el bienestar ha sido caldo de cultivo para el florecimiento del populismo que hemos visto en Europa, Reino Unido y Estados Unidos.
La gran recesión destruyó el mito del sueño americano porque destruyó sus principales aspectos: trabajo, casa propia y un ascenso rápido a la clase media. Cuando el mercado de hipotecas colapsó se fue llevando con él no solo a los dueños de las casas que habían tomado créditos ni a los bancos, sino también a los inversionistas de todos los tamaños que habían creído en ellos. Y con ello se destruyó aproximadamente 8 millones de puestos de trabajo y se obligó a los dueños de 4 millones de casas a tener que subastar esos bienes para ver cuánto recuperaban. Con estos antecedentes, cómo no iba a perder mucha gente la confianza en el Estado, las instituciones, los medios y en los expertos, que fueron incapaces de advertir sobre los peligros de una crisis financiera en este mundo globalizado.
Aunque el mercado de valores en Estados Unidos se recuperó relativamente rápido, en este momento hay 45 millones de estadounidenses en la pobreza, lo que no hace más que reforzar la impresión de que el crecimiento económico beneficia mayoritariamente a los más ricos. La competencia entre empresas ha bajado en el primer mundo, donde existen pocas empresas con grandes ganancias, lo cual tiene como consecuencia un estancamiento de la productividad y por ende de los sueldos.
Esta desaceleración en el crecimiento del bienestar afecta sobre todo a los jóvenes, quienes ven mucho más difícil acceder a trabajos formales con buenos sueldos. Por todas estas razones es imposible entender el proteccionismo, el nacionalismo (con su odio hacia los inmigrantes) y el populismo presente en la coyuntura política internacional, sin tener en cuenta el colapso bancario del 2008. Como dice Andrew Ross Sorkin del New York Times, “No es difícil sugerir que la elección del Presidente Trump fue un resultado directo de la crisis financiera”.





